domingo, noviembre 29, 2009

Índice global de mis memorias universitarias

Terminé entonces con el recorrido que me había propuesto con estas crónicas. Estoy aceptablemente satisfecho con el resultado, y me alegra haber encontrado la forma de darle cierta trascendencia al hecho de haberme recibido, ya que no hice casi ningún otro rito de pasaje digno de mención (fiestas, huevos o esas cosas).

Podría hacer mil aclaraciones o ponerme a señalar todo lo que dejé de lado -que es mucho, claro está- pero me parece innecesario. A lo sumo, sólo debería aclarar que no fui para nada exhaustivo en la mención de gente que conocí en puán. Me faltaron algunos nombres propios importantes, pero bueno, confío en que ninguno de los no que no incluí se haya ofendido.

Este no es el cierre del blog, al menos, hoy no lo pienso así, pero me voy a tomar un descanso no muy corto, una semana como mínimo, que pueden llegar a ser dos.

Copio acá abajo los títulos y los links de las 9 partes (10 con el interludio) de estas memorias, y agradezco una última vez a todos los que comentaron.


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sábado, noviembre 28, 2009

Epílogo: Alma Mater



Y como todos saben, esta historia se acabó hace unos días. El 2009 empezó con la pesada obligación de terminar cuatro monografías, que me llevaron mucho más tiempo de lo que originalmente había calculado. Además, cursé didáctica especial, que incluyó las prácticas en el Liceo 1 de las que hablé hace no mucho (y de las que por lo tanto no hay ninguna necesidad de volver a hablar).

Es difícil determinar exactamente qué es lo que se terminó, dada la circunstancia -muy habitual en puán- de que deseo continuar por la vida académica, en instancias que todavía no me resultan claramente formulables. Pero algo, algo se siente terminado. El 2010 traerá, espero, alternativas interesantes.

¿Qué me pasó a mí, en estos 7 años (2003-2009) de puán?. Entré a puán pesando los mismos 60 kg que peso hoy, aunque sin barba candado; heterosexual con dudas ocasionales no llevadas a la práctica, con fantasías literarias y 6 o 7 cuentos propios más o menos largos; con escasísimos conocimientos filosóficos pero con un considerable amor por las novelas largas y su relectura. Escuchaba música clásica (sobre todo Bach, Haendel, Telemann, Haydn, Mozart y algo de Beethoven), los Redondos, Morphine, Radiohead, Gun's and Roses y no mucho más.

Hace unos días bromeando con unos amigos decía que después de 7 años de puán me encuentro a mi mismo escuchando Megadeth y leyendo a Batman, mientras que a los 16 hubiera sido más fácil encontrarme con un libro de Borges y un CD de música de cámara.

Pero aunque esa no es una contraposición realista, es innegable que puán ha modificado para siempre mi relación con la literatura, muy especialmente, mi relación con las novelas. Mi papá, gran lector de este género-y que me ha recomendado muchas, al igual que mi mamá- se horrorizó un poco cuando le dije que me excitaba más la lectura teórica. Ahora mismo por ejemplo estoy leyendo Las correcciones de Jonathan Franzen y sin duda me gusta, pero no puedo dejar de contar las 300 páginas que me faltan para agarrar un libro de Ricoeur y otro sobre Aby Warburg.

A lo largo de esta crónica, me he referido lateral pero insistentemente al desarrollo de mi vida erótica. Uno podría preguntar sin amagues: ¿puan me hizo puto?. La verdad, no creo.

Podria también decir: puán eclipsó mi sueño de ser un escritor, y aunque no estoy contemplando ninguna de estas posibilidades como algo inmediato, me es más fácil imaginarme grabando un disco casero o haciendo dibujos o comics, que escribiendo una novela. Pero al mismo tiempo, habría una contradicción evidente en semejante afirmación: fíjense nomás con que dedicación escribí esta gran crónica (que no es una novela pero es algún tipo de arte verbal) y con qué diletantismo me dedico a las otras cosas.

Y en relación a la investigación, el agujero negro que se ha venido abriendo desde que tomé conciencia de que era hora (porque todo el mundo lo había hecho ya) de ir precisando un área propia me ha hecho dudar, algunas veces, si realmente tengo tantas ganas de dedicarme a la investigación académica. ¿Y si esta fuera la forma que encontró mi inconciente (digamos) para decirme que pese a lo buen alumno que fui y todo eso, en realidad no tengo tantas ganas de desempolvar manuscritos o redactar ponencias?. Es un tema complicado, pero algo tengo que ser (y oficinista no, gracias; y docente únicamente creo que tampoco, aunque esto es más difícil de decir a priori) así que por ahora, ese sigue siendo mi plan.

No quiero seguir utilizando anecdotario puanner en este blog, me parece que ya de eso hay de sobra (no conozco ningún otro blog que contenga tantas referencias a puán como éste, ni de cerca). Pero hay una última que no quiero dejar pasar, y que no creo que haya contado antes. Una vez encontré una flor de papel puesta sobre mi bicicleta. Había otras bicicletas al lado, pero sólo la mía había sido adornada de esa forma. Me la llevé y la tuve varios días, preguntándome quién habría sido. ¿Una hippie del Cefyl que la puso ahí como podría haberla puesto en cualquier otro lado?. ¿O alguien que sabía que esa bicicleta era mía y que quizás estaba en el patio en ese mismo momento mirándome sostenerla en el aire con un suspiro?. Seguramente nunca lo sabremos.

Termino entonces, sin más vueltas, diciendo lo que todos saben. Y es que yo amo la carrera de letras, así como a puán y a su esplendor retorcido.
todavía falta la última parte, una suerte de epílogo, pero se me hizo muy tarde hoy; mañana sin falta

miércoles, noviembre 25, 2009

Parte 8: En el umbral

No estoy seguro en qué momento saqué la calculadora, o mejor dicho abrí la planilla de Excel, y empecé a estimar mi promedio y las chances que tenía de mantenerlo (o aumentarlo) en lo que me quedaba de la carrera. Pero cuando empecé el 2008 ya tenía claro un objetivo: recibirme con más de 9.50 (en la licenciatura; ya antes de saber que las materias didácticas me costarían bastante había decidido no considerarlas).

Desde cierto punto de vista, el 2008 fue un año de objetivos cumplidos, y punto. Quería terminar la cursada y lo hice, y de hecho disfruté bastante las mayoría de las materias. Luego de tantos años escuchando hablar de él, finalmente conocí a Vedda en el seminario de literatura trivial, y lamenté no haber cursado alemana, aun siendo que es una literatura que a priori no me interesa. A su vez profundicé mi interés en las letras premodernas durante la placentera cursada de literatura del Renacimiento y el seminario de Erasmo dictado por Ciordia.

También quería ganar currículum y experiencia presentando más trabajos en congresos, y efectivamente me presenté en tres: en el de la UBA (Sade y la Naturaleza), en la Universidad de la Matanza (Petrarca y la teoría de la imagen en el amor cortés y el arte renacentista incipiente), y en la UCA (Sade y Diego de San Pedro). Creo que en todos estuve bien, aunque no hay duda de que en la UCA me puse algo más nervioso de lo necesario.

De didáctica general no tiene mucho sentido hablar (así como no hablé de inglés a distancia). Sólo puedo mencionar que un par de veces por mes, antes del teórico, iba al telo de Yerbal y Rojas con algún chico que nunca supo mi nombre verdadero.

Entonces, habiendo cumplido estos objetivos, y manteniendo mi situación laboral estable (aunque cerca de fin de año tuve discusiones algo fuertes con mi empleador en relación a un supuesto error que yo había cometido con los datos de Pakistán), podría pensarse que el año fue tan bueno como era posible. Pero había otra cosa, eso que empezó a tomar forma en el 2007 finalmente se había convertido en una causa de angustia: yo sabía que quería dedicarme a la investigación pero... no tenía idea qué investigar.

El aumento en mi vida social me había puesto en contacto con una realidad temible: la mayoría de mis amigos (incluso los que eran 2 o 3 años más jóvenes que yo!) ya participaban de cátedras como adscriptos, sino directamente como ayudantes de segunda, o ya estaban presentándose para becas varias, o editando libros, o formulando proyectos críticos, o en fin, haciendo algo. Durante los primeros dos tercios de mi carrera yo consideraba que realmente estaba haciendo todo lo posible: trabajaba y estudiaba, disfrutaba la carrera y hasta me sacaba buenas notas. ¿Qué más se puede pedir?. Pero ahora me daba cuenta de que sí, que efectivamente se pide algo más. Un algo.

Y para colmo, ese algo, es casi un todo. Pronto llegué a una obvia conclusión: la crisis vocacional que no había experimentado a los 17, ni a los 20, ni a los 22, llegaba finalmente a los 24-25. La cultura occidental clase-media te mete un cohete en el culo cuando entrás a preescolar y yo había sabido administrar la pólvora como para hacer un camino limpio y recto sin incidentes de ningún tipo (nunca me enfermé de algo más grave que dolor de garganta en toda mi vida en puán; nunca tuve fiebre desde la secundaria, jamás falté a clase una semana entera, quizás ni siquiera media semana, y como ya se dieron cuenta, nunca cerré con menos de un 9 una materia no didáctica). Pero ahora con pólvora o sin ella tenía que meterme un nuevo cohete. Y este era el de verdad. ¿Pero donde está?.

Cerré los ojos. Me hacía el despistado cuando me preguntaban por qué no me presentaba en tal o cual adscripción y me repetí mi frase más autoconciente: stick to the plan. Ahora el plan era recibirse. Bien, hagamos eso. Con todo, terminé el año debiendo varias monografías y tuve que aceptar que no las terminaría antes del 2009 bajo ninguna circunstancia.

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martes, noviembre 24, 2009

Parte 7: La amenaza fantasma

El 2007 se inició más temprano que otros años, con el seminario veraniego de Funes sobre teoría medieval. El más interesante de los seminarios que hice, junto con el de Vedda, seguramente. Entre mis compañeros estaba Carlos Gradín, a quién había conocido gracias a este blog (que estaba ganando algo de popularidad para entonces) a finales del año anterior, y con quién solía tomar algo en las mesas de plástico del bar de enfrente en el intervalo.

Finalmente en el 2007 empecé a hacer amigos en puán, es decir, amigos que veía también fuera del claustro. Conocí también a Alejandro Soifer -con el que nunca cursé una materia- y salí algunas veces con Ferko y Celeste. Me uní a un grupo de estudio con cierta trayectoria, "Mímesis" (llamado así porque fue el primer libro que leyeron grupalmente, antes de que yo me incorporara), entre cuyos participantes estaba (y sigue estando) Gadalupe Campos, con quién cursé el seminario de verano, el seminario de Beckett de Cerrato, y Literatura del Siglo XIX. En el grupo leían en ese momento un libro sobre la Biblia de Northrop Frye, El gran código, y la Historia del Arte de Gombrich.

Aparte de esas tres, cursé Norteamericana, de cuyos prácticos no creo que sea necesario hablar. Como ya conté en su momento, descubrí en el viaje a Tandil ese mismo año que son personas muy simpáticas y graciosas con las que se puede hablar perfectamente de cualquier cosa. El viejo Costa Picazo no me caía mal pero a decir verdad, tampoco me gustaba mucho (ni me gusta) esa pantomima de fingir una renuncia todos los años. Si bien no es imposible que su sucesor o sucesora sea peor, un poco de renovación no me parecería algo negativo en cátedras como esa. Disfruté bastante a Henry James aunque estaba ya en un período de la carrera en el que no me preocupaba dejar novelas (por más obligatorias que sean) sin terminar. Así me sucedió con The Wings of the Dove. Ya la terminaré algún día, estoy seguro.

Aunque seguía disfrutando de la carrera casi tanto como antes, y en el trabajo seguía bien (fue en ese entonces cuando me pasé a la mañana), aunque un poco más aburrido, lo cierto es que empezaba a percibir en el horizonte la amenaza de la nada.

Además, ya había pasado muchos años de castidad y de supuesta indefinición. De amor ni hablar. Lo cierto es que en ese momento -no es lo mismo ahora, por causas que sería demasiado largo explicar- recordaba mi única experiencia romántica como algo que debía haberle pasado a otra persona. Incluso cuando la contaba, como en el viaje de regreso de Tandil (en el micro se contaron las primeras historias de amor y la mía tuvo cierto éxito), no encontraba exactamente mi lugar en el asunto.

El desahogo que encontré para esa situación, ya a finales de año, no tuvo nada que ver con el amor, y más bien confirmó los aspectos más draconianos de mi personalidad. También confirmó, aunque no quizás de la mejor manera posible, que los cuerpos masculinos existían fuera de mis fantasías y que incluso estaban a mi alcance. Bastaba con crear una cuenta de mail con un nombre falso y seguir la corriente. Por primera vez en años, tuve un secreto.

Siglo XIX y el seminario del amor medieval fueron materias relativamente tranquilas para mí, a esa altura del partido los parciales no eran precisamente obstáculos infranqueables, y las monografías sobre Sade que escribí para ambas materias resultaron bastante bien, aunque también, me costaron una enorme cantidad de trabajo. Y no es que Sade me guste especialmente como escritor.

El año se acababa y el aire finalista era inminente. Mi pequeña experiencia académica en Tandil había sido satisfactoria y pensaba continuar por esa vía. Pero algo me decía que eso no iba a bastar. A veces miraba los DNI en la lista de presentes y ya no me sentía tan joven.

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lunes, noviembre 23, 2009

Interludio: mis monografías

Aprovecho esta pequeña pausa narrativa para agradecer los comentarios elogiosos que reciben estas crónicas finalistas. Parecen ser uno de los mayores hits de este blog, que todavía me sorprende incluso cuando más seguro estoy de que no da para más.

Como decía, antes de pasar al último tramo de mi carrera, quisiera hacer una revisión muy global de esos objetos indefinibles que ocuparon tanto espacio en mi vida (y que posiblemente, aunque de forma algo modificada, lo seguirán ocupando): las monografías.

Esta es la lista, sin ningún orden preciso:

1) Para Literatura Inglesa, escribí sobre las obras romanas de Shakespeare (básicamente Coriolano, Julio César y Antonio y Cleopatra), concentrándome en el uso de la retórica.

2) Para Siglo XX, hice un trabajo comparativo sobre los relatos cortos de Beckett y El uruguayo y El baile de las locas de Copi.

3) Para Literatura Norteamericana, una monografía sobre la creación de experiencias alternativas a la realidad por parte de los personajes de Henry James en Otra vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern.

4) Para Literatura Española I, escribí sobre Los milagros de nuestra señora de Berceo y El libro del Caballero Zifar (anónimo) en relación a la construcción del maravilloso cristiano y lo fantástico.

5) Para Literatura Argentina I, un trabajo muy flojo sobre las crónicas de Mansilla en su experiencia con los Ranqueles.

6) Para Gramática Textual, una monografía que es casi un parcial largo en el que analizaba cohesión en un texto de Barthes, Jijiji de los Redondos y "Sin" de Beckett

7) Para Literatura del siglo XIX, escribí sobre la representación del concepto de Naturaleza en varias obras del Marqués de Sade.

8) Para el seminario sobre el Amor en la Edad Media y el Renacimiento, escribí un retorcido trabajo de comparación entre el Marqués de Sade y Diego de San Pedro.

9) Para el seminario sobre teoría literaria en la Edad Media, un trabajo sobre las variaciones del sentido literal en distintos autores de la hermenéutica cristiana medieval.

10) Para el seminario sobre Beckett, escribí sobre la representación de la subjetividad mediante dispositivos escénicos varios.

11) Para el seminario de Vedda, trabajé la figura del superhombre en Jack London (El lobo de Mar) y Julio Verne (20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa)

12) Para el seminario de Erasmo escribí sobre el uso de recursos satíricos en algunos Coloquios, La querella de la paz, y El elogio de la locura.

13) Para Latinoamericana I analicé el erotismo y la modernidad en los Versos sencillos de Martí.

14) Para Teoría II, escribí sobre el lugar del narrador y sus atributos en El común olvido de Silvia Molloy y La escritura o la vida de Semprún.

15) Para Teoría III, hice un trabajo sobre Dormir al sol de Bioy Casares en relación a la representación de la ciencia.

Mucho podría decirse de este conjunto tan heterogéneo (aunque no más heterogéneo que el de cualquiera, seguramente). No voy a intentar escribir un mini manual de como hacer una monografía (aunque me fue bien en todas, siendo el 8 en la de literatura argentina I la nota más baja que obtuve en un trabajo de este tipo), porque la verdad es que no tengo tan claro que es o que no debe ser una monografía. Yo diría que en relación a las mías, puedo mirarlas ahora a cierta distancia e identificar algunas de sus virtudes y algunos de sus vicios más recurrentes:

virtudes:

  • siempre fui bastante exhaustivo y ya desde las primeras me preocupé por trabajar con bibliografía (ya sea crítica o literaria) que no estuviera incluída en la cursada; el mejor ejemplo de esto son mis monografías sobre Sade, en particular la que hice para siglo XIX abarcaba un campo filosófico bastante considerable que nunca fue trabajado en clase.
  • casi todas mis monografías ganan por los detalles, por observaciones no demasiado tajantes que van construyendo -en los mejores casos- un corpúsculo de comentarios que exceden lo que figura en la bibliografía y que a veces pueden llegar a tener cierto vuelo, aunque claro, sin exagerar.
vicios (el tema de mis vicios es que como nunca me causaron problemas para aprobar con buena nota, nunca me dediqué sistemáticamente a modificarlos, y algunos de ellos no sólo no se corrigieron sino que empeoraron gradualmente con los años)

  • hipótesis poco firmes: si bien en todos los trabajos me preocupé por dar al menos la apariencia de una hipótesis a probar, lo cierto es que la mayoría de mis monografías funcionan más alrededor de ejes que de afirmaciones refutables; me gusta tomar un fenómeno y analizar sus variaciones, pero esa metodología no se corresponde demasiado bien con una conclusión fuerte y asertiva, y eso es algo que una buena monografía en principio debería tener
  • extensión: la mayoría de mis monografías rondan las 20 páginas pese a que suelen sugerir que no pase de 15; la más larga de todas fue la del seminario de teoría medieval, con 24 páginas; conozco gente que se ha pasado mucho más de todas formas
  • maquillaje bibliográfico: si bien siempre soy más o menos exhaustivo con la bibliografía, soy un poco desorganizado y tiende a pasar que me pongo a escribir todo luego de una primera lectura, y después hago la segunda cuando ya no tengo más ganas de hacer cambios sustanciales a mi trabajo; en los casos más débiles esto resulta en un uso poco productivo de la bibliografía crítica que se manifiesta en un par de citas innecesarias o notas al pie; en otros lo disimulé bastante bien
  • relativa falta de valor: lo más loco que hice con un trabajo de este tipo fue lo de Sade y Diego de San Pedro; fuera de eso nunca me propuse romper (o siquiera expandir) límites; mis temas no son demasiado originales
  • falta de precisión en los detalles de redacción: si bien estoy bastante seguro que a grandes rasgos mi redacción es buena, lo cierto es que no soy muy atento con los detalles, y muchas veces me ha pasado descubrir que una monografía que yo creía recontra revisada tiene errores muy estúpidos, incluso en lugares clave como la primera página, por ejemplo. no es raro que exagere con el uso de modalizadores del estilo "claramente" y ese tipo de cosas.
...bien, creo que eso es todo. Algunos me piden que suba monografías, me llama la atención, la verdad es que de divertidas no tienen nada. Sin embargo, si se sienten demasiado curiosos, pueden leer la que escribí sobre Beckett (la antepenúltima de la carrera) en la página del seminario de Laura Cerrato. No digo que sea la mejor que hice pero está entre las que yo considero pasables.

el libro que más veces usé en mis monografías es sin duda Anatomy of Criticism de Northrop Frye, mi comodín; creo que no lo leí entero todavía, si lo hice, no fue de un tirón; pero metés la mano ahí y algo te sale, aunque sea una sola frase, es como un panal de miel

seguimos mañana con la Parte 7; agradezco de nuevo las felicitaciones recibidas

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domingo, noviembre 22, 2009

Parte 6: Cuidado con las identificaciones imaginarias

Un detalle que hasta ahora no comenté, en rigor bastante importante, es que entre el 2003 y el 2007 siempre fui a la facultad en bicicleta. Yo viví en Villa Crespo hasta el 2005 y en Palermo hasta el 2007. El primer viaje era más corto y placentero, sobre todo a la noche, pasaba por unas veredas oscuras y desiertas antes de llegar a la avenida Dorrego que me dejaban totalmente energizado. En cambio el de Palermo era más trabajoso, sobre todo para ir. Para volver, Gascón tenía su encanto. Un par de veces me caí yendo y viniendo de puán y otras se me pinchó la rueda a horarios en los que no hay bicicleterías abiertas.

Ahora estamos en el 2006 y el profesor que entra al primer teórico no es otro que Daniel Link, cuyo libro Clases había comprado (en un deseo nerd de anticiparme a los contenidos) una semana antes, y cuyo blog visitaría unos días después, para mi deleite. Luego de la limpieza conceptual funesiana, Link representaba toda la perversión que la otra cara de mi personalidad académica (y no académica) aspiraba experimentar. Amaba sus teóricos, quiero decir, tengo recuerdos muy concretos de estar en la oficina un lunes a las 5 pm (todavía trabajaba de tarde en ese entonces), agotado y enojado, pero después alegrarme pensando "aguantá un poco, en un rato hay teórico de siglo XX!".

Cuando en la segunda o tercera clase, trabajando el texto de Lacan sobre el espejo y el cuento de Aira sobre el carrito, Link dijo "¡cuidado con las identificaciones imaginarias!" yo sentí que me lo decía a mí, específicamente. Nada de esto es muy sorprendente. Aunque en el 2006 seguiría manteniéndome casto, ya hacia siglos que no veía porno que incluyera cuerpos femeninos, y un profesor como Link tenía todos los atractivos para hacerme desear ser como él algún día. Tengan en cuenta también que en ese momento no había leído ninguna novela suya ni sus artículos (todavía no escritos) en Perfil.

Con Link descubrí a Copi, a Roussell, a Proust (sobre todo a Proust), a Didier Eribon y algunos otros. En el práctico estaba con Laura Isola, que me puso un 10 en mi olvidable monografía sobre Beckett y Copi.

Teoría con Panesi, Española con Funes y Siglo XX con Link fueron las materias más significativas de mi carrera. Hubo otras que me gustaron mucho en el último tramo, como el seminario de Vedda o Renacimiento con Ciordia (y siglo XIX no está muy lejos), pero estas últimas las cursé en un momento en el que ya sentía la apremiante necesidad de recibirme. Creo que sólo por eso es que las primeras pesan más que las segundas a la hora de describir mi vida en Letras.

En el 2do cuatrimestre cursé Teoría III, que incluyó la muerte de Nicolás Rosa en su programa semi-improvisado (junto con la de Héctor Libertella, el primer autor que leímos) y Literatura Argentina I. El contraste entre las dos era mayúsculo: Argentina I fue quizás la materia más organizada que cursé, se dieron todos todos los textos sin apurar ninguno, y la integración del tema (viajes y crónicas) fue clarísima desde el primer teórico hasta el último práctico. Vitagliano me entretenía e interesaba pero no puedo decir que la cursada de Teoría haya sido de las más placenteras.

He soñado con el fantasma de Nicolás Rosa en más de una ocasión. Quizás es porque me sentí culpable, ya que sus clases no me gustaban en lo más mínimo, y no dejé de criticarlas cuando murió. Y no lo hice en privado además. Lo hice en mi recién estrenado blog, de inspiración linkilleana. ¿Me arrepiento?. No en cuanto a mi valoración de las clases, pero quizás -muy posiblemente- hubiera sido uno de los casos en los que correspondía aplicar eso de "si no tenés nada bueno para decir, no digas nada". Me compré más de un libro de Rosa y algunos capítulos me sirvieron. Hoy casualmente estuve ordenando apuntes y releí una parte de la monografía que hice para la materia y la encontré bastante buena. Era sobre Dormir al Sol. Ya hablaré más de mis monografías próximamente.

En Argentina I, estaba en el práctico de Inés de Mendonça, que estaba ya en la última fase de su blog, que conocí demasiado tarde. Entre mis compañeros estaba Pablo Álvarez, con el que había cursado antes otras materias antes, y Ezequiel Vila, al que conocería un poco más el año siguiente en Norteamericana.

La parte central de mi cursada ya estaba terminada: faltaba el famoso "tramo libre". Las notas eran siempre las mismas, mi sistema no era decimal, era prácticamente binario. Intuía que lo que quedaba sería más fácil; ya no leía cada apunte tres veces como había hecho en los dos primeros años, y mi voluntad para quedarme haciendo cuarenta minutos de cola en el Cefyl ya estaba menguando significativamente.

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viernes, noviembre 20, 2009

Parte 5: Un lugar en el mundo

Cuando me inscribí a Teoría Literaria II y Literatura Española I (medieval) en marzo del 2005 no se me pasó por la cabeza la posibilidad de que la primera iba a ser una de las materias de relleno de mi carrera (pese a que ya entonces estaba orientándome hacia la teoría) y la segunda una de las más importantes.

Por cierto, y en caso de que no sea obvio, yo ya había diseñado un esquema de cursada, que respeté a rajatabla: dos materias por cuatrimestre más algún plus (p.ej. un nivel de idioma o una didáctica). Durante los primeros años fui capaz no sólo de respetar este ritmo (bastante factible por lo demás, siendo que nunca trabajé más de 6 hs diarias) sino además de rendir todos los finales en los primeros llamados.

Española I era en ese entonces con final -que para los que teníamos 9 o 10 consistía en una monografía- y los teóricos eran los miércoles por la mañana. Yo todavía trabajaba a la tarde así que no era problema. Hice el práctico con Carina. Entre mis compañeras estaba Guadalupe Campos, que no fue amiga mía hasta un par de años después.

Las clases de Funes eran la luz, eran la campana que me faltaba para complementar a Deleuze y a Panesi; fue entonces cuando finalmente empecé a entender todo lo que se podía hacer en Letras, toda la dignidad del asunto. El costado filológico y erudito, combinado con la elegancia de la teoría, que sorpresivamente volvía seductores textos que había leído con horror en la secundaria, como El conde Lucanor. Con Española I empecé un recorrido teórico y literario que continué hasta el final de la carrera, y seguramente más allá, pese a que nunca fue mi objetivo dedicarme al hispanomedievalismo.

El 2005 fue además, un buen año para la sociabilidad intrauniversitaria. Tanto los prácticos de Española como los de Literatura Inglesa (esto ya en el 2do cuatrimestre) fomentaban el trabajo en grupo, y aunque no hice todavía amigos (hoy por hoy no me veo con ninguna de las personas con las que me agrupaba), ya eran conocidos de cierto nivel. En ambos grupos había un chico que me gustaba: en española era un rubio alto con una sonrisa sinuosa quizás no demasiado inteligente, y en inglesa uno morocho con unos ojos grises impresionantes. A veces me los cruzo todavía por puán y los saludo. No creo que ninguno de los dos sea gay. Yo en el 2005 todavía no estaba seguro de serlo, pero creo que ya sospechaba que sólo era cuestión de tiempo. Me mantuve casto. Me saqué un 10 en todos los parciales de española I y lo mismo en la monografía final.

En Teoría Literaria II estaba en el práctico de Montengro, que me gustaba mucho más que Zubieta, que en esa cursada había inaugurado la locura por el presentismo en los teóricos (a los que yo de todas formas no faltaba nunca, ni en esa ni en ninguna otra materia). En el práctico había un chico alto y flaco que sabía mucho de filosofía y que detestaba a Silvia Molloy, con buenos motivos. Era Damián Selci. Lo sospeché durante un tiempo pero recién lo comprobé este año.

Mis condiciones laborales habían mejorado un poco. Seguía en negro, pero me ascendieron de data-entry de segunda categoría a "coordinador" o algo así. No era meramente nominal, aunque tampoco significaba que yo tuviera gente a mi cargo. Pero pasé a ser la persona mejor paga de los que trabajábamos ahí y la más imprescindible. Hoy en día ese puesto está merecidamente compartido con la traductora con más experiencia.

Disfruté Literatura Inglesa más que casi cualquier otra extranjera, principalmente por el programa, que era todo Shakespeare. En prácticos tenía a la glam-rocker, Noelia, que estaba haciendo sus primeras armas. El año siguiente fue compañera mía en Gramática Textual. Siempre recuerdo la clase de Cerrato sobre El Rey Lear: fue deprimente, terminó hablando de como todo el sufrimiento del universo puede no bastar para la redención. Me saqué un 7 en el primer parcial y me costó levantarlo para llegar a promediar el 9, pero lo logré gracias a una monografía sobre las obras romanas y las funciones del lenguaje.

La otra materia que cursé en el 2005 fue un error: Fundamentos de filosofía (de la carrera filosofía, claro), dictada por el futuro senador del ARI, Samuel Cabanchik. Hubo dos cosas buenas: Wittengstein -aunque visto muy por arriba- y Descartes. Fue mi primer contacto con la didáctica, ya que por algún motivo curricular muchos alumnos de ciencias de la educación la cursaban. Vómito. Recuerdo que en una cena con Hernán -aquel con el que estaba en Aux. y que comenta en este blog como "Hernán L."- yo le dije que mi deseo era que pusieran una cerca que separara a los alumnos de cs. de la educación de los alumnos de verdad en los prácticos porque no quería estar cerca de ellos. Él me dijo "¡qué nazi!".

El profesor de prácticos me tiró onda, creo que fue el único profesor o profesora que intentó hacerlo, aunque no puedo estar 100% seguro. Como profesor me gustaba, era muy vehemente, pero no me atraía a otro nivel. Éste año me lo crucé en un pasillo y charlamos unos segundos. No es imposible que esté leyendo esto.

Pese a que teoría II no había cumplido todas mis expectativas, ya para entonces me había decidido a hacer esa orientación. Terminé el 2005 convencido de que estudiar Letras era exactamente lo mejor que podía haber hecho.

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jueves, noviembre 19, 2009

Parte 4: los trabajos y los días

Si hay algo que recuerdo del 2004 es el brillo de la calva de Eduardo Romano opacándose suavemente mientras yo me hundo en un sueño pesado e inevitable. No era -mayormente- su culpa. En marzo, luego de una búsqueda laboral bastante larga e infructuosa, había sido contratado por un bioestadista para hacer de data entry en un estudio sobre infecciones intrahospitalarias. Mi primer -y hasta ahora, único- trabajo serio. Normalmente trabajaba a la tarde -6 hs-, pero los miércoles, dado que cursaba literatura argentina II (tanto prácticos como teóricos) había pedido cambiarme a la mañana. De 7 a 13. Literalmente me moría de sueño. A veces iba al baño a mojarme la cara y volvía. Hubiera tomado cafiaspirina pero siempre le tuve miedo a las drogas fuertes.

Sarlo se había retirado, era el segundo año de Romano. Leímos a Gálvez, Payró, Marechal, Sábato, Viñas, Puig, algo de Borges y de Saer. Los debates de la literatura argentina se daban más o menos por sabidos. Yo no tenía idea de nada, nunca había escuchado hablar de Boedo y Florida y no tengo (ni aún hoy) una idea clara de las ideas políticas o literarias de Cortázar o Liliana Heker. No sé, no me pregunten, no me importa en lo más mínimo.

El final me lo tomó Graciela Speranza, que me caía simpática. Mi tema -no elegido libremente- era Saer y un ayudante de prácticos me hizo una pregunta tan específica como absurda sobre uno de sus cuentos. Respondí saliéndome por la tangente y me pusieron un 9. Creo que si me hubiera ido mal en algún final en la carrera, bien podría haber sido en ese. Tuve algo de suerte.

Continuaba casto y asocial, de hecho, incluso más que antes. Fue un año trabajoso y no demasiado estimulante. Creo que es el período en el que muchos estudiantes abandonan, aunque no tengo datos estadísticos para corroborarlo.

Los teóricos de lationamericana I no eran mucho mejores, sobre todo los que daba la que entonces era titular, Susana Zanetti, que estaba aburrídisma (y a veces llegaba a declararlo, cosa que siempre destesté) de los temas que tenía que dar, algunos de los cuales no estaban tan mal. Mi amor por Darío se originó en esa cursada, a fin de cuentas. También tenía que luchar por no caer dormido durante las clases, tanto teóricas como prácticas. Otro 9 en un final, esta vez me tomó Colombi, fue bastante breve y no muy difícil.

Lo cierto es que latín I y II (cátedra del Sastre) hicieron más soportable el panorama gris y dormitivo del 2004. Me resultaron fáciles y relativamente amenas. Me encantaban las clases de Pégolo, y mis ayudantes de prácticos no estaban mal (no recuerdo sus nombres, pero la del primer cuatrimestre era una morocha bastante linda que salía con un vikingo). Leímos La Eneida, Tito Livio, poemas de Catulo y Virgilio. Consideré la posibilidad de hacer latín III, pero desistí al enterarme que es anual. Me saqué un 10 en el I y el II. Recuerdo los dos finales. En el primero, una compañera rubia me dijo que las profesoras de cierta edad siempre le daban ventaja a los jovencitos como yo. Puede ser. En el segundo me sentía tan seguro que hasta propuse que me tomaran cosas que no me iban a tomar. Es probablemente el final más relajado de mi carrera.

Era obvio para entonces que las notas no iban a ser un problema para mí. Nunca pude resolver exactamente qué pasa con las notas en puán. Tengo amigos en arquitectura que me cuentan que en un curso a veces reprueba no sé, el 70% de los alumnos. Mi compañera de oficina es traductora pública y si se sacaba un 7 estaba contentísima, y sé que no es algo de ella porque conozco -por la oficina- a otras traductoras. Y ellos tienen recuperatorio y todo, y aun así reprueban un montón.

Por cierto, esto me recuerda que no mencioné que yo ya era budista antes de entrar a puán -aunque no mucho antes- y seguí siéndolo ininterrumpidamente.

El año me había dejado cansado pero satisfecho. Estaba logrando trabajar y estudiar al mismo tiempo, y mis notas no habían cambiado por eso. Ya habría tiempo para ser feliz, en todo caso. Con la plata extra me compraba más libros y algunos incluso los leía. Eso sí, escribir, nada.

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miércoles, noviembre 18, 2009

Parte 3: Un nuevo comienzo

Todo en la educación es un preámbulo, eso se sabe. La primaria te prepara para la secundaria, que es una preparación para la universidad, en la que tampoco ves ningún tema a fondo, sólo te preparan -idealmente- para que algún día lo hagas más o menos por tu cuenta.

Entrar a puán fue descubrir rápidamente que yo no habia leído nada. Un efecto bastante frecuente. Yo creía haber pasado toda mi segunda infancia, pubertad y adolescencia leyendo constantemente. Pero no había tocado ni las orillas, ni la epidermis.

De ahora en más (desde el 2003, año que empezó con teoría y análisis y gramática y terminó con literatura francesa y lingüística) mis ojos se acostumbrarían a esos penosos apuntes mal impresos, con letra chica, que te secan las yemas de los dedos, y que a veces todavìa conservan el calor de la fotocopiadora.

No tenía conocidos en Letras. Si dije que en el 2002 comenzó para mí un período asocial, esto se acrecentó bastante en el 2003, cuando ya realmente veìa muy poco a mis amigos de la secundaria y todavía faltaba bastante para que conociera otros nuevos. También se inició un período de castidad. Antes de terminar el primer cuatrimestre ella se volvió a su cielos violetas por última vez. Recuerdo que la última vez que cenamos juntos, yo salì temprano del práctico de Leonora Djament para llegar a tiempo.

Panesi en teóricos, Djament en prácticos, todos los ayudantes circulando por los teórico-prácticos, un Rizoma en el corazón y un Adorno en el intestino grueso. Mi primer trabajo escrito fue sobre Poe, me saqué un 7.50, una de las notas más bajas que obtuve en la carrera. Luego escribí otro sobre El juguete rabioso. No me acuerdo la nota, pero sé que el trabajo estaba muy bien. Usé la división en ejes horizontales y verticales que sigue funcionándome hoy en día. Leí la novela de Arlt 4 veces. Y nunca me gustó. No trabajaba todavía en la oficina, tenía tiempo para esas cosas.

Y voluntad.

Rápidamente descubrí que no era el único que no habìa leìdo a Robbe-Grillet ni a Mallarmé. Cuando en el segundo parcial me pidieron que analice comparativamente la concepción de la subjetividad en Tinianov y en Derrida... bueno, hice lo que pude, y la nota fue buena. Por cierto, ahora tampoco podría responder a una consigna como esa. Es más, es probable que si lo intentara, los resultados serían peores.

Pasé a formar parte de la avanzada del práctico de Djament más o menos rápido, junto con otros dos chicos algo mayores que yo. El final me lo tomó Topuzian y me puso un 10 pese a que me equivoqué en varias cosas. Me hubiera gustado que me tome Panesi.

La otra cara del 2003 es la de Augusto Trombetta. Gramática no fue una tortura gracias a él. Y en lingüística lo disfruté aun más. Un dato curioso es que cursé estas dos materias con Claudio Iglesias -en el mismo práctico incluso-, del que me hice amigo muchos años después. El final de gramática fue el primero que di en la carrera, y por lo tanto, el primer final oral de mi vida. Ese sí me lo tomó Ciapuscio, que me puso un 9 sin preguntarme nada fuera de mi tema (Jakobson). Uno de los finales más fáciles que di. El de lingüística en cambio fue de los más dificiles -no me tomó Menéndez, eran los de prácticos, pero sin Augusto-, me llevaron por todo el programa durante 40 minutos eternos. Nota: 9.

¿Y qué decir de Literatura Francesa, aparte de que es una de las peores materias de la facultad, sino directamente la peor?. Todos saben que es una cátedra que habrìa que dinamitar íntegramente. Lo más espantoso eran los teóricos de Blarduni. Por dios, qué embole. Eso sí, conocí textos literarios interesantes: La caída de Camus y El arrebato de Lol V. Stein en particular. Como era de esperarse, en el final me preguntaron estupideces específicas que ellas habían dado en teóricos. Yo no había faltado a ninguno así que no fue problema. Recuerdo que aún así estaba medio nervioso. Nota: 9.

Casi sin darme cuenta, había terminado el primer año con un promedio muy alto y sin deber ningún final de las 4 materias (todas no promocionales obviamente) que cursé. Si bien yo siempre fui buen alumno, en la secundaria reprobaba alguna cosa de vez en cuando (por ejemplo física, cívica, matemática ocasionalmente; y aunque en literatura me iba muy bien reprobé algunos dictados). Y en el CBC tampoco era un chico 10, ya dije que di final de IPC y que casi casi también de semiología. Históricamente mi promedio siempre había estado cerca de 8, pero desde que entré a puán empezó a rondar el 9.

No hice ningún amigo en el 2003, sólo conocidos ocasionales en cada materia. No tuve mucho contacto con profesores, el más personal fue Trombetta. Recuerdo que fui a ver al ensamble Marion tocar en el 3º piso y ahi lo vi por primera vez a Leonardo Funes, antes de saber quién era. En ese momento Sarlo todavía daba literatura argentina II.

Puán ya estaba funcionando en mi cabeza, pero todavía no había hecho pie, todavía no sabía qué es eso de estudiar letras.

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martes, noviembre 17, 2009

Parte 2: Paseo Colón

Probablemente el CBC sea la parte más intrascendente de esta historia (de por sí intrascendente). En cierta medida, los pequeños eventos de la cursada no parecen formar parte de mi "experiencia en Letras". Pero al mismo tiempo, no deja de ser cierto que mi entrada a la Universidad no fue en un glamoroso y derrideano teórico en "boquitas pintadas", sino más bien en un aula sucia en la sede de Paseo Colón (ahora inexistente), en una clase de economía. Recuerdo al profesor de esa materia dándonos la bienvenida a la UBA. "Ustedes entran a una universidad prestigiosa; venida a menos, pero prestigiosa".

Esto fue en el 2002. En el 2001, el 21 de diciembre, yo me desperté a la mañana temprano para ir a un final de pensamiento científico, que había hecho (junto con Sociedad y Estado) por UBA XXI.

No tenía amigos en el CBC y no hice ninguno nuevo tampoco. Mi primeros años en la UBA fueron de los más asociales de mi vida, aunque sin exagerar. Durante un tiempo seguí viendo a los amigos de la secundaria, aunque cada vez menos. Y en las clases siempre terminaba charlando con alguien, aunque después nunca los volvía a ver.

Las recetas del FMI se discutían en las clases de economía y se hablaba de posibles escaladas del dolar, así como del riesgo país. No me disgustaban esas clases. Leímos Adam Smith, Ricardo, algo de Marx. En filosofía, el programa era Platón y Nietzsche, sin perder el tiempo en los 24 siglos que los separaban. Era muy, muy fácil. Leímos un capítulo de la historia de la sexualidad de Foucault y de ahí me quedó grabada la idea de que la homosexualidad no es, ni siquiera en la antigua Grecia, miel sobre hojuelas.

Sorpresivamente se me ocurre que el 2002 puede parecerme ahora un extraño hiato en mi vida porque fue, sin lugar a dudas, mi año más heterosexual. Estaba en el pico de mi relación amorosa. Llegamos a contagiarnos piojos.

Sociología era una cátedra ultramarxista, el titular, Pablo Sameck, entraba a la clase con un cigarrillo en cada mano. Fue mi primera experiencia con ese tipo de profesores. Recuerdo a un alumno de 40 y pico admitiendo que tiró piedras en los disturbios de Diciembre, como poseído. En Semiología me fue más o menos, zafé de rendir el final por un pelo. El profesor era Oscar Amaya, que me parecía muy copado y probablemente lo era. Primer contacto con Pierre Bourdieu, con Roland Barthes, con Jakobson y Todorov. Y desde ya, con Ferdinard de Saussure. Nada personal.

A unos pasos de la sede de Paseo Colón habían desenterrado un centro de detenidos de la dictadura, debajo de una autopista. Pasaba por ahí casi todos los días. En ese entonces vivía en Villa Crespo. Empezaba a acostumbrarme a tomar café. Y trabajaba en algunas changas que no me ocupaban más de 3 o 4 horas por semana. Fueron mis primeros contactos con el software epidemiológico que hoy en día sigo usando (El Epi Info), aunque todavía no lo usaba para el que hoy por hoy es mi jefe.

En ese momento apenas si leìa comics, y mi PC era muy vieja para los juegos que me interesaban (nunca pude hacer la transición del StarCraft al WarCraft III por ejemplo). Pero más importante que eso, tuve mi primera y (hasta ahora) única banda de rock, Aux. Heavy metal instrumental o algo por el estilo. Yo tocaba -como podía- el teclado. Trataba de disimular que no me salían las sextillas completamente a tiempo. De los dos guitarristas uno era un amigo de la primaria -que sigo viendo-, Hernán.

El CBC me puso en contacto con la cara externa -la única que conocí en toda mi experiencia académica- de la política universitaria, con el estado edilicio y organizativo de la UBA y con algunos pocos contenidos teóricos más bien indefinidos. No lo sufrí demasiado.

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lunes, noviembre 16, 2009

Parte 1: ¿Destino manifiesto?

Cuando era chico, muy muy chico (bastante antes de entrar al jardín de infantes), mis padres me llevaban a un centro de recreación infantil llamado "Planeta Juegos". Sigue existiendo. El único recuerdo que tengo del lugar es estar sentado en una especie de sillón-colchoneta azul con Lucas y Federico, que luego serían mis amigos durante muchos años (Federico sigue siéndolo).

Eso es todo lo que puedo recordar. Mi mamá, como es esperable, se acuerda bastante más. Recuerda por ejemplo que los otros padres, al ver mi comportamiento (que imagino no sería muy distinto del actual) y mi forma de interactuar con el universo, ya decían que yo me iba a dedicar a las humanidades.

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Más o menos en 3er año, cuando ya la pregunta sobre mi futuro empezaba a tomar forma , especulaba seriamente con la posibilidad de estudiar psicología. Creo que uno de los motivos fue el padre Karras, el cura-psicólogo de El Exorcista. La forma en que en la película, y sobre todo la novela, jugaba entre interpretaciones psicológicas, médicas y espirituales me resultaba muy seductora.

Pero la psicología en sí probablemente no tanto. Por cierto que no me analizaba (ni me analizaría hasta más o menos 10 años después).

En 5to año la idea se había desdibujado bastante. Hice un taller de orientación vocacional que ofrecía la escuela. Lo recuerdo como si fuera ayer. Los ejercicios eran bobos pero los hacía igual con gusto. Dos se me quedaron especialmente grabados: en uno había que elegir 4 carreras que nos resultaran atractivas (yo probablemente elegí filosofía, letras, sociología e historia) e imaginar como serían 4 de estos profesionales y sus relaciones entre sí. Como decir: el filósofo es un gordo de 39 años que se acuesta con la socióloga pelirroja de 26, que es amiga del licenciado en letras gay escuálido que fantasea con los chicos de historia y sus desprolijas barbas candado. Y luego había otro de dibujarse a uno mismo dentro de 20 años. Yo me dibujé con una gran biblioteca, una PC, una guitarra, un balcón, quizás un gato.

Para cuando llegó la entrevista final con la coordinadora del taller -que era bastante agradable y no parecía estar demasiado corrompida por la psicopedagogía- bibliotecología y musicoterapia habían quedado en el camino, y filosofía no me atraía tanto como Letras. Letras era ir a lo seguro. Ya hacía tiempo que era un lector apasionado, mientras que con la guitarra recién empezaba y con el teclado era todo muy improvisado. El dibujo siempre me gustó, y más de una vez algún adulto me había sugerido que siga por ese lado luego de observar alguno de mis dragones felinos. Pero la literatura, ah, la literatura.

Yo escribía cuentos entonces, de vez en cuando. También estaba enamorándome de una mujer, por primera (y posiblemente única) vez en mi vida. Mis padres estaban divorciados hace años y aunque era el 2001, la familia había vivido crisis económicas más severas. Tenía un grupo de amigos con los que jugaba al StarCraft Broodwar, entre otras cosas, y con los que me fui a Mar del Plata (casi la única vez que viajé con amigos en mi vida) al terminar 5ºaño. Ninguno de ellos estudiaría Letras ni nada que se le aproxime.

No sabía mucho de la carrera, la verdad. Una de mis profesoras de lengua y literatura -que ahora está muerta- era licenciada de puán y hablaba maravillas de eso, pero sin comentar detalles específicos sobre la forma en que está organizada o algo por el estilo. Recuerdo que una parte del taller de orientación vocacional consistía en ir a mirar la guía del estudiante. Fui a la biblioteca nacional a hacerlo. Pero aunque ahí figuraba el plan de estudios, la verdad es que cuando entré a puán lo hice sin tener una idea realista del asunto. Creo que así le pasa a casi todo el mundo.

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domingo, noviembre 15, 2009

bueno, agradezco a todos los que me felicitaron;

me considero recibido porque Ciordia me confirmó que la monografía está aprobada; el trámite todavía no lo empecé y tampoco estoy 100% seguro cual es mi status actual en didáctica (sé que hay 2 clases más, el cierre de pràcticos y el cierre global, y que mi ex-pareja pedagógica y yo tenemos que escribir un -otro- texto de 2 páginas sobre las prácticas)

¿qué hacer ahora?. tengo dos amigos recibidos: Charly y Guadalupe. en los dos casos me sorprendió el poco espacio que le dedicaron en sus respectivos blogs al asunto;

por mi parte, tengo la intención de hacer exactamente lo contrario, y dedicar los posteos de esta semana a un largo y aburrido racconto de mi experiencia en la facultad, con todos los vicios de la memoria voluntaria;

mañana o pasado largo con eso; mientras tanto, sigo leyendo a NADIE hasta diciembre, entonces veré con qué empezar un posible recorrido teórico un poco más personal

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sábado, noviembre 14, 2009

miércoles, noviembre 11, 2009

IV Jornadas



Hoy pasé la mayor parte del día en las IV jornadas de estudios clásicos y medievales en la Universidad de la Plata. Fui a la conferencia inaugural, donde me encontré con Solxie, con quién pasé toda la primera mitad del día. Después me ahorré el almuerzo ya que el brindis que ofrecían tenía suficientes sandwiches de miga. Un poco más tarde fui a una mesa en la que se presentaban 3 trabajos bastante sólidos. O al menos los dos que escuché, ya que antes de que el tercero pudiera realmente despegar me tuve que ir porque empezaba la mesa en la que me tocaba exponer a mí.

Bastante bastante fea la facultad de humanidades de la Plata. Yo siempre entro a una universidad desconocida pensando que tiene que ser más linda que puán. No es el único caso en el que sucedió lo contrario.

En la mochila tenía The Swamp Thing, vol.5, finalmente sólo la abrí en el viaje de vuelta. En los tiempos muertos, sobre todo cuando Solxie se volvió para capital, sacaba mi trabajo y trataba de organizarlo estructuralmente en mi cabeza. Tengan en cuenta que la lectura de comics y de textos de didáctica han reducido un poco mi capacidad intelectual. Y la narratología y la neurología no bastan como contrapeso, aunque algo ayudan, sin duda.

Ademàs, como de costumbre, sigo sosteniendo la política de comentar oralmente en vez de leer. En este congreso al menos no fui el único, aunque las otras dos personas en mi mesa sí leyeron.

Mi exposición estuvo bastante bien. No les digo que me sale de taquito pero ya es como el 5to (¿o 6to?) congreso en el que me presento, así que tampoco es precisamente una situación nueva. Había algo de gente -7 u 8 personas-, entre los que se contaba Leonardo Funes, quién en su momento corrigió la monografía que sirvió de base a mi trabajo. La lectura neurocientífica, medio inconscientemente, me dio pie para un pequeño hallazgo involuntario que, creo yo, fue efectivo. Cuando me referí al carácter incognoscible de la intención autoral para San Agustín, opuesta a la verdad absoluta de la doctrina, expresé esa tensión cerrando el puño de la mano izquierda (sentido incognosible) y abriendo el de la derecha (verdad absoluta). Creí percibir inmediatamente un aumento en la inteligibilidad de lo que estaba diciendo, aunque claro, no puedo comprobarlo.

Terminado el asunto, no me quedé al panel de literatura medieval. Me fui caminando hasta la Catedral (ya había estado ahí hace un tiempo), y después me tomé un café con medialunas por ahí nomás. Volví a mi casa, ya con el certificado en mano (por lo que no voy a volver a la Plata demasiado pronto), dejé las cosas y salí de nuevo, esta vez para el gimnasio.

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lunes, noviembre 09, 2009

Neuronas espejo, segunda parte

Quizás es significativo que las dos primeras cosas con las que relacioné las neuronas espejo sean el psycho-pirate de DC y Zelig de Woody Allen. Antes que manifestaciones del potencial humanitario de la empatía (entendida a nivel celular), son producciones inspiradas en el horror social, que giran sobre el peligro y la contaminación que nos producen los otros.

Me quedaron por comentar algunos aspectos del contenido ideológico del libro de Iacobini.

No es sorprendente que una teoría que busca mostrar las conexiones espontáneas que se producen entre nuestros cerebros mediante mecanismos internos de imitación se posicione en contra de la violencia en los bienes culturales. Las películas o videojuegos violentos, por ejemplo, nos condenan a experimentar -y con mucho gusto!- un proceso de imitación de la violencia. Esto es un argumento viejísimo, de más está decirlo, pero la existencia de neuronas espejo contribuye a cimentarlo.

Los últimos avances neurológicos, dice Iacobini, van en contra de nuestra noción de libre albedrío, lo que tampoco es muy sorprendente. Tampoco lo es que las derivaciones del descubrimiento de las neuronas espejo puedan relacionarse fácilmente con potenciales avances en la publicidad y en la propaganda política, a las que Iacobini les dedica los últimos capítulos.

El cerebro tiene su agenda, lamentablemente. Los principales lobbystas no son hombres del renacimiento.

Aparentemente existen experimentos ya clásicos que demuestran que no tenemos idea de nada. Nuestras respuestas y justificaciones verbales no tienen correlación con lo que reflejan nuestros estímulos cerebrales. El fenómeno del oscurecimiento verbal, o disosiación de la traducción. El fundamento de nuestras decisiones no tiene nada que ver con lo que decimos sobre ellas -algo no del todo sorprendente si se lo piensa un poco. Pero tampoco muy alentador.

Lo más curioso es que a partir del descubrimiento y el desarrollo de distintas hipótesis alrededor de las neuronas espejo, Iacobini plantea la posibilidad de producir un mejoramiento existencial de la sociedad (es decir, algo que exceda las aplicaciones estrictamente médicas), tomando como punto de partida el rechazo al yo cartesiano aislado de las mentes de sus congéneres y la necesidad de fomentar los mecanismos empáticos positivos. Es curioso que un descubrimiento que, según él mismo, nos invita a descreer de lo que decimos de nuestras intenciones y a desconfiar de nociones humanistas sobre el libre albredrío, acabe siendo utilizado para sugerir un posible planeamiento de largo alcance.

Frase clave:

"La investigación sobre las neuronas espejo sugiere que los códigos sociales están dictados, en gran medida, por nuestra biología. ¿Qué deberíamos hacer con este nuevo conocimiento? ¿Negarlo porque es dificil de aceptar? ¿O utilizarlo para nutrir las política y mejorar la sociedad?. Sin ninguna duda, voto por lo segundo" (p.258)


Me gusta la expresión nutrir la política. ¿Las neuronas espejo vienen por nosotros a robarnos nuestras preciosas mentiras y a reemplazarlas por la única verdad, que es la del cerebro?. Y para colmo, ni siquiera es nuestro cerebro, es el cerebro de los otros, replicándose infinitamente en nuestro sistema sensomotor.

Prefiero desconfiar del sueño de combinar neuromarketing y neuropolítica en una neurosociedad estimulándose recíprocamente hacia el bien común. Pero las neuronas espejo sí existen, y de hecho no hay duda de que su descubrimiento puede tener derivaciones más interesantes que la comercialización de supuestos bienes sociales.

Había una cosa más, en relación a esto, que todavìa no tuve tiempo de revisar, en relación a algunas teorías medievales sobre el amor. Posiblemente más adelante en la semana.

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domingo, noviembre 08, 2009

Neuronas espejo

Tal como dije en el post de abajo, estuve leyendo divulgación neurocientífica últimamente, por motivos que serían largos de explicar.

El viernes, en el partido de poker posterior al encuentro de narratología, le pregunté a una de las participantes si ya estaban dando algo relacionado con las neuronas espejo en neurolingüística. Me dijo que no. Me consta sin embargo que hay gente en puán investigando el tema. Quizás aparezca en algún programa no dentro de mucho.

En pocas palabras, las neuronas espejo cumplen la función de reproducir dentro de nuestro organismo las acciones o pasiones que observamos en los otros. De forma tal que si yo veo a alguien patear una pelota, internamente mis neuronas procesan ese acontecimiento como si yo estuviera pateando una pelota también (se activan las partes del sistema sensomotor que estarían involucradas si fuera yo quién estuviera pateando la pelota).

Eso es lo básico. Avanzando un poco más, se supone que estas neuronas tienen un rol determinante en la vida social, ya que gracias a ellas cada uno de nosotros puede reproducir internamente los gestos y las actitudes de los otros, y así, entender sus estados de ánimo. Al menos hasta cierto punto. La imagen de arriba, como seguro todos ustedes saben, representa a un viejo villano de DC (cuyo momento de "gloria" fue en la infame Crisis de Tierras Infinitas) cuyo poder consistía en producir empatía a voluntad.

La principal implicación de este descubrimiento, al menos para Marco Iacoboni (el autor del libro que leí, que se llama Las neuronas espejo y fue editado este año), es que permite descartar lo que él llama la "teoría de la teoría", según la cuál la forma en la que nosotros interpretamos a los demás implica una serie de razonamientos deductivos e hipotéticos que inducimos en base a sus acciones. Para Iacoboni, y otros, esto es muy complicado y no se corresponde con lo que llamaríamos nuestra comprensión intuitiva del otro. En cambio, si las hipótesis alrededor de las neuronas espejo son ciertas, la imitación involuntaria e inconsciente de sus acciones dentro de nuestro cerebro nos daría una acceso mucho más espontáneo a las mentes que nos rodean.

Es interesante que el mismo cuento de Poe que le sirvió tanto a Lacan para hablar del sujeto y el significante (por supuesto, me refiero a La carta robada) le sirva igual de bien a Iacoboni. Los más memoriosos recordarán que en ese cuento, Dupin dice que para entender a los demás, lo que hace es imitar sus gestos.

Es raro, para mí, leer divulgación científica. Aunque en cierta medida las novelas de Verne me prepararon un poco, sigue sin ser lo mismo. Verne está lleno de mitos, tanto científicos como providenciales. En cambio el texto de Iacoboni es exactamente lo que uno esperaría: un experimento tras otro, pequeños comentarios supuestamente graciosos -pero sin un ápice de verdadero ingenio-, buenas intenciones, moralina cientificista, escaso manejo del suspenso, y algunas ocasionales conclusiones ideológicas apresuradas. Igual el libro es entretenido, en parte también por sus defectos. Estoy tan acostumbrado a leer textos que hacen del lenguaje un problema que a veces olvido que es posible no hacerlo. Por ejemplo, no hay ninguna ironía o doble sentido cuando Iacoboni aclara: "cabe mencionar que la mayoría de los científicos no consideran que lavar papas constituya prueba fehaciente del aprendizaje por imitación de los monos japoneses". Frases como esas son las que Deleuze-Guattari usan para sus propósitos macabros.

¿Tienen algo que ver las "neuronas espejo" con las "identificaciones imaginarias"?. En algún punto. Voy a seguir escribiendo sobre el tema, aunque las chances de que pueda introducirlo en la agenda de la teoría literaria son nulas, hay algunos aspectos neuropolíticos o neuroideológicos (el primero de estos pseudotérminos es utilizado por Iacoboni, no así el segundo) que merecen cierta atención.

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viernes, noviembre 06, 2009

No es raro que el cartel de la derecha que supuestamente indica lo que estoy leyendo no refleje toda la verdad. Pero nunca estuvo tan lejos como ahora. El supuesto "NADIE" debería ser más bien Legión, de combinaciones confusas pero abundantes. Estoy leyendo mucho estos días.

Por ejemplo, esta semana terminé un libro de divulgación científica llamado Las neuronas espejo, sobre el que escribiré algo -lo que sea, lo que pueda- pronto. Pero además, leí un clásico de la novela gráfica de superhéroes, Kingdom Come, y hoy empecé Batman:Hush. Tuve tiempo de empezarla pese a que el objetivo principal del día era leer y resumir el (famoso, supongo) texto de Barthes "Introducción al análisis estructural del relato" para el grupo de narratología al que pertenezco desde hace muy poco. Para el grupo de siempre, leí el libro de Daniel (aunque todavía me faltan los suplementos griegos), uno de los últimos que nos quedan del Antiguo Testamento.

(la pieza que falta sigue siendo la literatura propiamente dicha, ya llegaré a eso)

pero prefiero dejar el "NADIE" ahí colgado al menos hasta recibirme, me da una sensación de libertad ilusoria

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lunes, noviembre 02, 2009

la potencia de la marca

Dudé unos segundos antes de entrar. Pero me convencí a mí mismo pensando Mariano, has estado en lugares mucho más extraños que un gimnasio.

Usando por primera vez uno de los aparatos, ajustado a peso mosca, quedé unos instantes frente a un chico considerablemente musculoso (pero no estilo patovica-monstruo), que lo manejaba con toda la naturalidad del mundo. Casi como un acto reflejo, pensé ah, pero seguro que no tiene mi promedio.

Cuando ya había pasado un rato ahí adentro me vi en el espejo casi por accidente y no pude evitar recordar al chico de 16 años, flaco, inhábil y letroso que sólo aprobaba educación física (con un 6 o 7) por su asistencia perfecta, y pensé que si ese chico ahora me viera haciendo ejercicio por voluntad propia sacudiría la cabeza como diciendo Mariano, ¿cómo nos traicionaste así?

Alguien de puán (realmente no recuerdo quién) me contó que hacía natación hace varios años y que estaba en buena forma física, por lo que a veces miraba a los otros especímenes del ámbito universitario y se decía a si mismo que podría contra e 70% de ellos. Me pareció un comentario muy bueno. Me pregunto cuantos meses (o años) de gimnasio tengo que hacer para poder decir lo mismo.

El instructor tenía buena onda, correcto, sencillo, breve. Mi compañero de oficina, cuya complexión física no difera mucho de la mía, tuvo una experiencia de gimnasio abortada porque el instructor era una especie de rubio supernazi.

Mi hermano se inscribió en un gimnasio más caro (sale el doble) y más famoso, el Megatlón. El día que fue a inscribirse me dijo que era prácticamente un club gay. El que yo fui no me dio para nada esa impresión.

A la salida me iba a comprar una pepsi como de costumbre pero me dije no... es momento de una gatorade, bebida que apenas si había probado alguna vez, pero evidentemente la potencia de la marca fue mayor.

Esta semana vuelvo, probablemente el miércoles y el viernes. En piano sigo muy complicado con Chopin y en terapia, con los extremos.

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domingo, noviembre 01, 2009

Hace ya un par de semanas que terminé las historietas de Ralph König que me prestó Charly, pero tal como sucede con otras cosas, ya me estoy resignando frente a hecho de que no se me ocurre nada especial que decir al respecto. Lo mismo sucede con las últimas películas que vi (El secreto de sus ojos, Bastardos sin gloria, Sector 9). Como ya he repetido hasta el cansancio, estoy un poco en el limbo, sólo manteniendo un ritmo de lectura por los dos grupos de estudio en los que participo.

En piano, mantengo el ritmo de Brahms, con dificultad (el de Bach y el de Mozart va mejorando).

Y en la semana, planeo anotarme en un gimnasio -quizás mañana mismo- de bajo costo. Por ahora, quiero probar las máquinas. Conste que no lo pienso como un "mantenimiento" físico o algo por el estilo. No. Quiero poder amedrentar a mis enemigos.

Me faltaría un grupo de lectura literaria, ya que parece que eso es algo que no puedo hacer (más) por mi cuenta. En cambio, llega un cargamento -moderado- de comics en la semana.

Ideas propias, ninguna. Estoy practicando un poco más con la tablet, con resultados muy modestos por ahora. Sostengo sin embargo mi proyecto de darle un uso más sistemático dentro de poco.

En la guitarra quiero aprender a hacer esto. Me duele un poco la mano pero de a poco va saliendo.