Creo que en casi todas las historias de vampiros aparece el problema de la distribución de los dones. Es natural, siendo que el vampiro tiene la necesidad de quitar (sangre, obviamente), pero también, la posibilidad de dar (la vida eterna, poderes). De ahí también todos esos juegos simbólicos con el otro dador de inmortalidad, Cristo, que Coppola utilizaba tanto en su película, pero que en Let the right one in no parece tener ninguna función, ni siquiera a través de la cruz. Los dones se multiplican. La historia empieza con un regalo trunco (sangre humana) que debía intercambiarse por algo que no podemos saber exactamente, sólo está sugerido. Y la auténtica historia, la relación entre Oskar y Eli, empieza con el intercambio del cubo Rubik y sus instrucciones, se continúa con el ofrecimiento de un código (morse), luego con el pacto de sangre (también trunco), y así siguen hasta el gran intercambio final. En el medio, el mundo adulto mantiene una lógica similar de bienes solicitados en circulación.
Quizás lo más curioso, frente a otros sistemas simbólicos de intercambio, es que no entren en juego los relatos. De ninguno de los personajes enigmáticos (o no tan enigmáticos) sabemos nada más que lo que muestran. No conocemos ni el origen de Eli, ni el del adulto que la acompaña, ni el de la pareja adulta que muere, ni siquiera sabemos bien que lugar ocupa el amigo del padre de Oskar que irrumpe en su felicidad y que pareciera tener alguna historia detrás también.
El momento clave de este sistema de intercambios no narrativos es en la casa de Eli, cuando ella le muestra sus misteriosos tesoros desarmables. Incluso cuando le ofrece dinero diciéndole que no lo robó, que es también un don de muchas personas. Esa mesita cubierta de misterios en una departamento sin decoración alguna parece precisamente un tesoro simbólico más que económico, podríamos imaginar un contexto donde funcionara como motivación para largos relatos intercalados.
Básicamente dos cosas: pedir por favor (y su contrapartida, ofrecerse generosamente), como en la secuencia de la muerte de la mujer mayor (¿por favor puede abrir las persianas?) o la entrega de la sangre del adulto que acompaña a Eli, entre otras escenas parecidas; y defenderse de un ataque violento (no hace falta dar ejemplos). Lo más brillante de la película es que en el medio de estas dos acciones aparentemente contradictorias no se instala un pardigma moral. Están los que matan porque lo necesitan, como Eli, los que matan siguiendo un intercambio, como el adulto que está con Eli, los que matarían porque tienen deseos de hacerlo, como Oskar, y los que matan porque son malvados, como los tenebrosos compañeros de Oskar. Si típicamente el terror corporiza el mal absoluto y lo hace transitar la tierra, hay que decir que en Let the right one in es solamente en los compañeros de Oskar donde puede captarse algo de esa maldad sin objeto, ese plus que es el mal.
Addenda luego de hablar con mi compañero de oficina: el intercambio fundamental no es el de dones. Más bien es el que se da entre el adulto que acompaña a Eli al principio y Oskar, destinado a ocupar su lugar (no es raro que los dos personajes homólogos nunca aparezcan juntos). En ese sentido no hay intercambio de relatos porque la historia es una sola, la de los servidores (los Renfield) de Eli en sus ciclos de descendentes y ascendentes.
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