El 2007 se inició más temprano que otros años, con el seminario veraniego de Funes sobre teoría medieval. El más interesante de los seminarios que hice, junto con el de Vedda, seguramente. Entre mis compañeros estaba Carlos Gradín, a quién había conocido gracias a este blog (que estaba ganando algo de popularidad para entonces) a finales del año anterior, y con quién solía tomar algo en las mesas de plástico del bar de enfrente en el intervalo.
Finalmente en el 2007 empecé a hacer amigos en puán, es decir, amigos que veía también fuera del claustro. Conocí también a Alejandro Soifer -con el que nunca cursé una materia- y salí algunas veces con Ferko y Celeste. Me uní a un grupo de estudio con cierta trayectoria, "Mímesis" (llamado así porque fue el primer libro que leyeron grupalmente, antes de que yo me incorporara), entre cuyos participantes estaba (y sigue estando) Gadalupe Campos, con quién cursé el seminario de verano, el seminario de Beckett de Cerrato, y Literatura del Siglo XIX. En el grupo leían en ese momento un libro sobre la Biblia de Northrop Frye, El gran código, y la Historia del Arte de Gombrich.
Aparte de esas tres, cursé Norteamericana, de cuyos prácticos no creo que sea necesario hablar. Como ya conté en su momento, descubrí en el viaje a Tandil ese mismo año que son personas muy simpáticas y graciosas con las que se puede hablar perfectamente de cualquier cosa. El viejo Costa Picazo no me caía mal pero a decir verdad, tampoco me gustaba mucho (ni me gusta) esa pantomima de fingir una renuncia todos los años. Si bien no es imposible que su sucesor o sucesora sea peor, un poco de renovación no me parecería algo negativo en cátedras como esa. Disfruté bastante a Henry James aunque estaba ya en un período de la carrera en el que no me preocupaba dejar novelas (por más obligatorias que sean) sin terminar. Así me sucedió con The Wings of the Dove. Ya la terminaré algún día, estoy seguro.
Aunque seguía disfrutando de la carrera casi tanto como antes, y en el trabajo seguía bien (fue en ese entonces cuando me pasé a la mañana), aunque un poco más aburrido, lo cierto es que empezaba a percibir en el horizonte la amenaza de la nada.
Además, ya había pasado muchos años de castidad y de supuesta indefinición. De amor ni hablar. Lo cierto es que en ese momento -no es lo mismo ahora, por causas que sería demasiado largo explicar- recordaba mi única experiencia romántica como algo que debía haberle pasado a otra persona. Incluso cuando la contaba, como en el viaje de regreso de Tandil (en el micro se contaron las primeras historias de amor y la mía tuvo cierto éxito), no encontraba exactamente mi lugar en el asunto.
El desahogo que encontré para esa situación, ya a finales de año, no tuvo nada que ver con el amor, y más bien confirmó los aspectos más draconianos de mi personalidad. También confirmó, aunque no quizás de la mejor manera posible, que los cuerpos masculinos existían fuera de mis fantasías y que incluso estaban a mi alcance. Bastaba con crear una cuenta de mail con un nombre falso y seguir la corriente. Por primera vez en años, tuve un secreto.
Siglo XIX y el seminario del amor medieval fueron materias relativamente tranquilas para mí, a esa altura del partido los parciales no eran precisamente obstáculos infranqueables, y las monografías sobre Sade que escribí para ambas materias resultaron bastante bien, aunque también, me costaron una enorme cantidad de trabajo. Y no es que Sade me guste especialmente como escritor.
El año se acababa y el aire finalista era inminente. Mi pequeña experiencia académica en Tandil había sido satisfactoria y pensaba continuar por esa vía. Pero algo me decía que eso no iba a bastar. A veces miraba los DNI en la lista de presentes y ya no me sentía tan joven.
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