Si hay algo que recuerdo del 2004 es el brillo de la calva de Eduardo Romano opacándose suavemente mientras yo me hundo en un sueño pesado e inevitable. No era -mayormente- su culpa. En marzo, luego de una búsqueda laboral bastante larga e infructuosa, había sido contratado por un bioestadista para hacer de data entry en un estudio sobre infecciones intrahospitalarias. Mi primer -y hasta ahora, único- trabajo serio. Normalmente trabajaba a la tarde -6 hs-, pero los miércoles, dado que cursaba literatura argentina II (tanto prácticos como teóricos) había pedido cambiarme a la mañana. De 7 a 13. Literalmente me moría de sueño. A veces iba al baño a mojarme la cara y volvía. Hubiera tomado cafiaspirina pero siempre le tuve miedo a las drogas fuertes.
Sarlo se había retirado, era el segundo año de Romano. Leímos a Gálvez, Payró, Marechal, Sábato, Viñas, Puig, algo de Borges y de Saer. Los debates de la literatura argentina se daban más o menos por sabidos. Yo no tenía idea de nada, nunca había escuchado hablar de Boedo y Florida y no tengo (ni aún hoy) una idea clara de las ideas políticas o literarias de Cortázar o Liliana Heker. No sé, no me pregunten, no me importa en lo más mínimo.
El final me lo tomó Graciela Speranza, que me caía simpática. Mi tema -no elegido libremente- era Saer y un ayudante de prácticos me hizo una pregunta tan específica como absurda sobre uno de sus cuentos. Respondí saliéndome por la tangente y me pusieron un 9. Creo que si me hubiera ido mal en algún final en la carrera, bien podría haber sido en ese. Tuve algo de suerte.
Continuaba casto y asocial, de hecho, incluso más que antes. Fue un año trabajoso y no demasiado estimulante. Creo que es el período en el que muchos estudiantes abandonan, aunque no tengo datos estadísticos para corroborarlo.
Los teóricos de lationamericana I no eran mucho mejores, sobre todo los que daba la que entonces era titular, Susana Zanetti, que estaba aburrídisma (y a veces llegaba a declararlo, cosa que siempre destesté) de los temas que tenía que dar, algunos de los cuales no estaban tan mal. Mi amor por Darío se originó en esa cursada, a fin de cuentas. También tenía que luchar por no caer dormido durante las clases, tanto teóricas como prácticas. Otro 9 en un final, esta vez me tomó Colombi, fue bastante breve y no muy difícil.
Lo cierto es que latín I y II (cátedra del Sastre) hicieron más soportable el panorama gris y dormitivo del 2004. Me resultaron fáciles y relativamente amenas. Me encantaban las clases de Pégolo, y mis ayudantes de prácticos no estaban mal (no recuerdo sus nombres, pero la del primer cuatrimestre era una morocha bastante linda que salía con un vikingo). Leímos La Eneida, Tito Livio, poemas de Catulo y Virgilio. Consideré la posibilidad de hacer latín III, pero desistí al enterarme que es anual. Me saqué un 10 en el I y el II. Recuerdo los dos finales. En el primero, una compañera rubia me dijo que las profesoras de cierta edad siempre le daban ventaja a los jovencitos como yo. Puede ser. En el segundo me sentía tan seguro que hasta propuse que me tomaran cosas que no me iban a tomar. Es probablemente el final más relajado de mi carrera.
Era obvio para entonces que las notas no iban a ser un problema para mí. Nunca pude resolver exactamente qué pasa con las notas en puán. Tengo amigos en arquitectura que me cuentan que en un curso a veces reprueba no sé, el 70% de los alumnos. Mi compañera de oficina es traductora pública y si se sacaba un 7 estaba contentísima, y sé que no es algo de ella porque conozco -por la oficina- a otras traductoras. Y ellos tienen recuperatorio y todo, y aun así reprueban un montón.
Por cierto, esto me recuerda que no mencioné que yo ya era budista antes de entrar a puán -aunque no mucho antes- y seguí siéndolo ininterrumpidamente.
El año me había dejado cansado pero satisfecho. Estaba logrando trabajar y estudiar al mismo tiempo, y mis notas no habían cambiado por eso. Ya habría tiempo para ser feliz, en todo caso. Con la plata extra me compraba más libros y algunos incluso los leía. Eso sí, escribir, nada.
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