domingo, marzo 01, 2009

The Wrestler, mínimamente

Fui a ver la película por la cuál Mikey Rourke (no) ganó el oscar.

Me pregunto: ¿Existe un subgénero para el white trash?. La de Eastwood de hace unos años -que sí ganó el oscar-, millon dollar baby, era todavía más evidente en ese sentido.

Y también me pregunto si se podría relacionar (y cómo) the Wrestler con algunos elemtentos de lo que se ha dado en llamar "nuevo cine argentino", aunque supongo que la respuesta sería que no, o que sólo muy lejanamente. Había algo en la dinámica sencilla del close-up, de la forma en que todos los planos se llenan de afectos silenciosos, que volvía imaginable la relación.

Sin embargo, The Wrestler se diferencia claramente por dos elementos, totalmente ajenos a lo que yo podría identificar del dudoso cine nacional: la estética declaradmente ochentosa de los bares de strippers y las bandas de rock alegres (antes de que el maricón de Cobain lo arruinara todo, según dice el mismo Rourke), por un lado, y la épica muscular del final, por otro. El martirologio, en cambio, es un elemento menos específico, aunque no hay duda que forma parte -junto con la analogía con Cristo, explícitamente enunciada en los labios de Marisa Tomei y en el tatuaje que lleva Rourke en la espalda- del núcleo esencial de la película.

En cuanto a esto, the Wrestler recuerda a la película de Eminem, The 8 Mile, otra película muy basada en los ámbitos white trash. Es cierto que Eminem relata su llegada al poder, y Rourke su glorioso final, pero por fuera de eso, la película es realmente muy parecida. En pocas palabras, se trata de invertir la relación de pasividad que relaciona al sufriente con su sufrimiento.

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