Henry James, escritor decadente
Uno de los mejores cuentos que leí de Henry James se llama Maud-Evelyn. Pueden leerlo acá (en inglés). Merecería figurar en la antología del decadentismo que editó hace poco Caja Negra, de no ser quizás por que es un poco más extenso, bastante más elaborado y un tanto más inteligente que la mayoría de los textos de esa interesantísima recopilación.
Maud-Evelyn es la hija muerta del matrimonio Dedrick. El joven Marmaduke, luego de rápidamente desistir en su idea original de casarse con Lavinia (que sólo había rechazado su propuesta pensando en que esta volvería a repetirse más adelante), se casa con Maud-Evelyn, la hija muerta de los Dedrick, y vive feliz con ella durante unos años, hasta que ella se muere. Esto no es un error de redacción: Marmaduke conoce a Maud cuando ella ya había muerto varios años -siendo incluso una niña-, se casa con ella y los Dedrick les hacen todo tipo de regalos, hasta que ella vuelve a morir (pero ahora muere feliz, realizada luego de un matrimonio idóneo), esta vez definitivamente. Marmaduke muere poco después, y la rechazada Lavinia tiene acceso finalmente a los tesoros de aquel matrimonio fantasmático que la había desplazado.
Los cuentos de fantasmas de James siempre se salen del molde, pero por suerte, no siempre por el mismo camino. Este caso es el más afortunado y ejemplar: realiza en unas pocas páginas el movimiento característico de la psique de sus típicos personajes masculinos (el joven sensible es el personaje henryjamesiano por excelencia: E.Wilson opinaba con cierto ingenio que estos son también personajes de algunas famosas historias de Flaubert, como La educación sentimental, sólo que lo que para Flaubert era el gusano despreciable de nuestras sociedades burguesas, para James es era trágico antiheroe de un nuevo tipo de subjetividad). Se trata de una elección, casi automática, de una experiencia imaginaria por sobre una posible experiencia real.
Se trata también de una versión de la famosa "Experiencia y pobreza" de Benjamin y de lo Imaginario como un registro empobrecido de Sartre y del Barthes de las Mitologías -cuando decía que el mito moderno condena a gran parte de la población sujeta en la cultura de masas al sueño publicitario. Porque esa elección, esa idea de casarse con la hija muerta de los Dedrick y no con Lavinia, conduce por lo general a finales de lo más infelices, al reconocimiento tardío de que algo podría haber sucedido, pero que en vez de eso, lo que pasó fue nada.
Los que leyeron algo de James -p.ej. los que cursaron conmigo literatura norteamericana este cuatrimestre- imaginarán que ahora voy a mencionar The Beast in the Jungle, uno de los relatos más explícitamente moralistas al respecto. Recordemos de paso que en general la biografía de James lo define como un hombe pasivo, observador, modelo de escritor profesional no demasiado involucrado con la vida, que nunca se casó ni tuvo experiencias románticas conocidas. En The Beast in the Jungle un hombre pasa toda su vida fantaseando con un suceso impresionante que habrá de sucederle hasta que, finalmente, como es obvio, descubre que nada le pasó nunca porque eso que estaba ahí siempre a su alcance como experiencia real quedó siempre obliterado por su proyección imaginaria y narcisista.
En mi monografía sobre James -que no es esto que estoy poniendo acá- tomé el relato que acabo de mencionar, más The Turn of the Screw y The Aspern Papers (estos dos últimos fueron traducidos recientemente por Rolando Costa Picazo y se los consigue en esas bellas ediciones de Colihue Clásica) para tratar de analizar como se da en James este movimiento creativo interno a sus personajes, esta necesidad de proyectar el deseo hacia un fantasma, de huir de la realidad que se impone como carencia, etcétera. Y la transformación que toda experiencia implica y que acaba, en varios casos, en una condena moral: hemos vivido equivocados.
Pero lo más interesante no es hacer un análisis clínico de estos sujetos modernos. Implican, más bien, toda una visión de lo literario de la que James participa como primus inter pares. Se trata de una relación extremadamente profesional entre experiencia desbocada -ese descontrol de la distinción entre subjetividad y realidad que acecha a los personajes sensibles de James- y experiencia controlada desde una inteligencia central: la figura del autor como creador de experiencias artificiales. Todo, en James, es control, es tomar decisiones, planear una experiencia de lectura que haga que lo literario sea sensible para el descomprometido lector contemporáneo de nuestras grandes ciudades. O sea, hacer de la conciencia lectora un hecho productivo, real e imprescindible, pero controlado. En esa distancia entre la libertad de sus personajes para optar por lo desmesurado (un hecho tan portentoso que se vuelve inimaginable; unos fantasmas satánicos dispuestos a pervertir niñitos; unos papeles que contendrían la Verdad revelada en su esplendor aurático) y el control de su autor para hacer de la lectura una experiencia artificial formalizada se da toda una concepción de la literatura como institución moderna, de la literatura como técnica profesional para hacer perceptible la lucha por la realidad de las conciencias individuales.
Y si Maud-Evelyn es de los mejores cuentos, es porque no se queda en el moralismo de The Beast in the Jungle: la opción de Marmaduke, su matrimonio post-mortem, es feliz, es agradable. Y en algún punto, todos esos trastes que deja al morir (los regalos de boda, todos las cosas que él mismo le regaló a su siempre-muerta, etcétera), y que finalmente pasan a pertenecer a la infortunada Lavinia, quedan un poco como las Grandes novelas de James -herencias de una alianza entre experiencia imaginada y experiencia realizada, porque se hace experiencia de no hacer nada- y que hoy en día llevan la impronta de objetos de Museo, o de análisis, en el mejor de los casos.
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Maud-Evelyn es la hija muerta del matrimonio Dedrick. El joven Marmaduke, luego de rápidamente desistir en su idea original de casarse con Lavinia (que sólo había rechazado su propuesta pensando en que esta volvería a repetirse más adelante), se casa con Maud-Evelyn, la hija muerta de los Dedrick, y vive feliz con ella durante unos años, hasta que ella se muere. Esto no es un error de redacción: Marmaduke conoce a Maud cuando ella ya había muerto varios años -siendo incluso una niña-, se casa con ella y los Dedrick les hacen todo tipo de regalos, hasta que ella vuelve a morir (pero ahora muere feliz, realizada luego de un matrimonio idóneo), esta vez definitivamente. Marmaduke muere poco después, y la rechazada Lavinia tiene acceso finalmente a los tesoros de aquel matrimonio fantasmático que la había desplazado.
Los cuentos de fantasmas de James siempre se salen del molde, pero por suerte, no siempre por el mismo camino. Este caso es el más afortunado y ejemplar: realiza en unas pocas páginas el movimiento característico de la psique de sus típicos personajes masculinos (el joven sensible es el personaje henryjamesiano por excelencia: E.Wilson opinaba con cierto ingenio que estos son también personajes de algunas famosas historias de Flaubert, como La educación sentimental, sólo que lo que para Flaubert era el gusano despreciable de nuestras sociedades burguesas, para James es era trágico antiheroe de un nuevo tipo de subjetividad). Se trata de una elección, casi automática, de una experiencia imaginaria por sobre una posible experiencia real.
Se trata también de una versión de la famosa "Experiencia y pobreza" de Benjamin y de lo Imaginario como un registro empobrecido de Sartre y del Barthes de las Mitologías -cuando decía que el mito moderno condena a gran parte de la población sujeta en la cultura de masas al sueño publicitario. Porque esa elección, esa idea de casarse con la hija muerta de los Dedrick y no con Lavinia, conduce por lo general a finales de lo más infelices, al reconocimiento tardío de que algo podría haber sucedido, pero que en vez de eso, lo que pasó fue nada.
Los que leyeron algo de James -p.ej. los que cursaron conmigo literatura norteamericana este cuatrimestre- imaginarán que ahora voy a mencionar The Beast in the Jungle, uno de los relatos más explícitamente moralistas al respecto. Recordemos de paso que en general la biografía de James lo define como un hombe pasivo, observador, modelo de escritor profesional no demasiado involucrado con la vida, que nunca se casó ni tuvo experiencias románticas conocidas. En The Beast in the Jungle un hombre pasa toda su vida fantaseando con un suceso impresionante que habrá de sucederle hasta que, finalmente, como es obvio, descubre que nada le pasó nunca porque eso que estaba ahí siempre a su alcance como experiencia real quedó siempre obliterado por su proyección imaginaria y narcisista.
En mi monografía sobre James -que no es esto que estoy poniendo acá- tomé el relato que acabo de mencionar, más The Turn of the Screw y The Aspern Papers (estos dos últimos fueron traducidos recientemente por Rolando Costa Picazo y se los consigue en esas bellas ediciones de Colihue Clásica) para tratar de analizar como se da en James este movimiento creativo interno a sus personajes, esta necesidad de proyectar el deseo hacia un fantasma, de huir de la realidad que se impone como carencia, etcétera. Y la transformación que toda experiencia implica y que acaba, en varios casos, en una condena moral: hemos vivido equivocados.
Pero lo más interesante no es hacer un análisis clínico de estos sujetos modernos. Implican, más bien, toda una visión de lo literario de la que James participa como primus inter pares. Se trata de una relación extremadamente profesional entre experiencia desbocada -ese descontrol de la distinción entre subjetividad y realidad que acecha a los personajes sensibles de James- y experiencia controlada desde una inteligencia central: la figura del autor como creador de experiencias artificiales. Todo, en James, es control, es tomar decisiones, planear una experiencia de lectura que haga que lo literario sea sensible para el descomprometido lector contemporáneo de nuestras grandes ciudades. O sea, hacer de la conciencia lectora un hecho productivo, real e imprescindible, pero controlado. En esa distancia entre la libertad de sus personajes para optar por lo desmesurado (un hecho tan portentoso que se vuelve inimaginable; unos fantasmas satánicos dispuestos a pervertir niñitos; unos papeles que contendrían la Verdad revelada en su esplendor aurático) y el control de su autor para hacer de la lectura una experiencia artificial formalizada se da toda una concepción de la literatura como institución moderna, de la literatura como técnica profesional para hacer perceptible la lucha por la realidad de las conciencias individuales.
Y si Maud-Evelyn es de los mejores cuentos, es porque no se queda en el moralismo de The Beast in the Jungle: la opción de Marmaduke, su matrimonio post-mortem, es feliz, es agradable. Y en algún punto, todos esos trastes que deja al morir (los regalos de boda, todos las cosas que él mismo le regaló a su siempre-muerta, etcétera), y que finalmente pasan a pertenecer a la infortunada Lavinia, quedan un poco como las Grandes novelas de James -herencias de una alianza entre experiencia imaginada y experiencia realizada, porque se hace experiencia de no hacer nada- y que hoy en día llevan la impronta de objetos de Museo, o de análisis, en el mejor de los casos.
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Etiquetas: Libros

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